Sesión del Club (Grupo A): El último hombre

“¡Paciencia, oh, lector! Seas quien seas, mores donde mores, ya seas de raza espiritual o hayas surgido de una pareja superviviente, tu naturaleza será humana y tendrás por morada la tierra. Aquí vas a leer los hechos de una raza extinta, y te preguntarás con asombro si ellos, los que sufrieron lo que tú hallas escrito, eran de la misma carne frágil y el mismo cuerpo blando que tú.”

Se trata de una de las primeras novelas de ciencia ficción, “El último hombre” de Mary Shelley, pues fue publicado originalmente en 1826. A priori lo tiene todo para convertirse en un clásico, o, por lo menos, para gozar de la misma fama que “Frankenstein”: una autora de prestigio, un estilo literario cuidado, personajes potentes, algunos avances tecnológicos interesantes, una hábil proyección política desde su época y un tema, la destrucción de la humanidad, que puede dar mucho juego. Lo tiene todo para triunfar. Y de hecho lo hizo, no de forma abrumadora, es cierto, pero si fue un discreto éxito cuando salió a la luz.

Algunas interpretaciones recientes han visto en la extinción universal que en ella describe una metáfora de los efectos destructores de un idealismo político excesivo. Obra de vocación futurista, ambientada en torno al año 2070, destacan entre sus personajes Adrian, hijo del destronado rey de Inglaterra y ardiente partidario de las ideas republicanas e igualitarias, y Raymond, un señor poderoso que rechaza un ventajoso matrimonio político para casarse con su verdadero amor y que combate en Constantinopla por la libertad de un pueblo que no es el suyo. En esas circunstancias, se tiene conocimiento de una misteriosa epidemia que avanza arrasando países enteros y que pone en peligro la supervivencia misma de la humanidad.

“El último hombre” es un clásico imprescindible que ofrece múltiples lecturas: novela de anticipación y de profecías apocalípticas, novela en clave, novela de iniciación y relato de terror gótico. La novela también se considera como una crítica / reacción contra el movimiento literario del romanticismo, aunque los ideales y las pasiones de los personajes no les ahorra su condenación inminente.

En este curioso 2070 imaginado por Mary Shelley: los barcos se siguen moviendo a vapor, existen globos que permiten hacer el viaje entre Londres y Escocia en apenas un día o dos (depende del viento). Inglaterra es una república, pero sigue existiendo una división social cercana al Antiguo Régimen. En el continente sigue primando el absolutismo, y griegos y turcos continúan luchando encarnizadamente desde los tiempos de Byron. Por cierto, la caballería y la infantería de línea siguen siendo las armas dominantes.

Para dar el salto a esa época, Shelley usa una artimaña que sería muy común en la ficción especulativa temprana: un narrador actual que oye la historia de segunda mano a través de algún medio inusual. En el caso de Shelley, describe una visita a Nápoles y el descubrimiento de la Cueva de la Sibila, que contiene antiguas profecías escritas. Shelley y su compañero se llevan los documentos a casa para traducirlos, y encuentran en ellos la historia de Lionel Verney, el último hombre en la tierra.

Pero si su capacidad prospectiva ha caducado, por lo menos quedan otros valores más literarios, lo que no evita la sensación de que Mary Shelley tuvo que sacrificar parte de su brillantez literaria en aras de la comercialidad: una cosa es escribir sobre un monstruo que cobra vida para asombrar a las amistades y otra llegar a un público masivo.

No es hacer un spoiler si señalamos que la historia termina con un sólo hombre en la tierra, un superviviente solitario que recuerda la historia y la caída de sus amigos y de toda la humanidad. Shelley hace un sentido elogio para todos ellos, que muy bien podría haber sido escrito por su difunto esposo.

Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851)

“El ser humano que quiere alcanzar la perfección debe mantener la serenidad y la calma, sin permitir que una pasión o un deseo circunstancial se entrometa en su espíritu”

Escritora inglesa, nacida en Londres el 30 de agosto de 1797 y fallecida en su ciudad natal en 1851. La narrativa de Mary Shelley refleja a la perfección los gustos y las inquietudes del Romanticismo: lucha entre la ciencia y el espíritu, interés por los personajes atormentados, dudas sobre el sentido de la vida, misterio, pasiones, sentimientos, etc.

Era hija del filósofo y economista William Godwin, un brillante intelectual que se había significado por su ideología librepensadora. Su madre era también una intelectual muy liberal, la escritora Mary Wollstonecraft, una de las primeras defensoras del feminismo en la cultura inglesa. Murió a los once días de haber dado a luz a la futura escritora. La pequeña Mary creció al lado de dos compañeras inseparables a lo largo de su infancia y adolescencia. Una de ellas era su hermana mayor Fanny Imlay, una niña que había tenido Mary Wollstonecraft cuando todavía estaba soltera. La otra compañera de ambas era la joven Jane o Clara, hija de Mary Jane Clairmont, una viuda con la que se había casado Godwin tras la muerte de su primera esposa.

Las tres niñas (Fanny, Mary y Clara) crecieron en un ambiente de cultura y libertad poco frecuente entre las mujeres de su tiempo. Su padre y tutor se encargó de que recibieran una espléndida educación, lo que pronto les permitió relacionarse con los principales artistas, escritores e intelectuales del panorama cultural londinense de comienzos del siglo XIX. Fue así como Mary conoció, en 1814, a otro de los geniales poetas del Romanticismo inglés, Percy Bysshe Shelley. A pesar de que éste estaba casado, ambos se enamoraron y, a los dos meses de haberse conocido, se fugaron de Londres. Clara, que seguía muy unida a Mary, se fugó con ellos. La tercera de aquel grupo, Fanny, se quedó en Londres, donde poco tiempo después se quitó la vida envenenándose con láudano, en un acto muy característico del espíritu romántico. En 1816 se suicidó también Harriet Westbrook, la esposa de Percy Bysshe Shelley. Éste, tan pronto como se supo viudo, se casó con Mary, por lo que acabó pasando a la posteridad con el nombre de Mary Shelley.

Percy, Mary y Clara vivían en Suiza, a orillas de un bello lago. Allí se reunió con ellos el gran poeta George Gordon, más conocido por su título de Lord Byron, que había abandonado Londres después de haberse visto envuelto en un escándalo amoroso. Clara y Lord Byron se enamoraron, y fruto de aquella apasionada relación a orillas del lago Lemán fue una niña llamada Allegra.

La estancia de los cuatro en aquel tranquilo paraje suizo fue también muy fructífera para la historia de la Literatura. Una noche de tormenta, Byron propuso que todos los que allí se hallaban escribiesen un cuento de terror. La joven Mary Shelley se tomó el juego en serio y escribió una de las obras maestras de la literatura de terror: “Frankenstein o El moderno Prometeo” (1818), cuya influencia en el género se ha dejado sentir en las tradiciones narrativas de todo el mundo. De aquella noche de tormenta en la que Byron propuso escribir relatos de terror salió otra obra decisiva para el género de terror: “El vampiro”, cuento escrito por John William Polidori, médico y ayudante de Byron. Este relato sentó las bases de la historia que luego habría de hacer célebre Bram Stoker bajo el título de “Drácula” (1897).

Convertida en una autora famosa gracias a Frankenstein, Mary Shelley continuó escribiendo novelas, aunque no logró alcanzar con ellas el éxito obtenido por su primera obra: “Valperga”, novela gótica (de miedo y misterio) castillos, fantasmas, ruidos extraños, sótanos misteriosos, etc.; “El último hombre”, novela fantástica que plantea una epidemia de peste que ha acabado prácticamente con el ser humano, ya que sólo ha dejado un hombre con vida; “Mathilda”, novela escrita en 1819, aunque no fue publicada hasta 1859, ocho años después de que la escritora hubiera desaparecido; y “The fortunes of Perkin Warbeck” y “Falkner”, dos novelas históricas. También escribió numerosos artículos periodísticos, ensayos y biografías por encargo, y se ocupó de editar la obra poética de su esposo. Además, fue autora de algunos cuentos o narraciones breves como el relato infantil “Mauricio o la cabaña del pescador”, el cuento fantástico “Transformación” y “El mortal inmortal”.

A pesar de la prematura desaparición de su esposo (ocurrida en 1822, cuando sólo llevaban ocho años juntos), Mary y Percy recorrieron muchos países de Europa: Francia, Suiza, Italia, Alemania, Holanda… A la muerte del poeta, la autora regresó a Londres, a la casa de su padre. Dedicada de lleno a sus escritos y al cuidado de su casa y familia, Mary Shelley no volvió a casarse.

Falleció en Londres, mientras dormía, el 1 de febrero de 1851.

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Acerca de Moderador

Moderador del Club de Lectura de Ciencia Ficción de la Biblioteca Vapor Badía de Sabadell Ver todas las entradas de Moderador

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