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Acerca de Moderador

Moderador del Club de Lectura de Ciencia Ficción de la Biblioteca Vapor Badía de Sabadell

Canvis: el Club es trasllada a Sant Cugat

Els darrers set anys, el Club de Lectura de Ciència Ficció ha desenvolupat les seves activitats a Sabadell, amb el suport de la Biblioteca Vapor Badia. El Club ha seguit una trajectòria ascendent, fins a haver d’obrir una segona secció (el Grup B) el curs passat.

Com moderador del Club, agraeixo l’esforç de totes les bibliotecàries, del director i de la resta del personal, que han fet possible aquesta evolució. Malgrat l’escassetat de recursos, sempre han estat a favor de les nostres activitats i contribuït al que, modestament, considero és un cas d’èxit: els Clubs de Lectura a Sabadell.

Aquest últim curs he col·laborat amb la Biblioteca Miquel Batllori, portant el seu Club de Ciència Ficció (com sustitut), i m’han ofert continuar en aquesta funció el curs 2017-18, i a més portar un nou Club de novel·la variada que hem anomenat “Itineraris”.

Aquesta és la raó per la cual he decidit finalitzar la meva col·laboració a Sabadell. Fetes les consultes oportunes, una part important de les persones que formen el Club, ha decidit traslladar-se i integrar-se al Club de Ciència Ficció de Volpelleres.

La Biblioteca Miquel Batllori té una orientació especial a la temàtica de ciència ficció. Disposa de un fons important de llibres, còmics i pel·licules d’aquest gènere. És la tercera de les biblioteques de Sant Cugat, i es troba al barri de Volpelleres.

Té una sala multifuncional amb capacitat per a 75 persones totalment equipada per fer activitats de foment de la cultura: conferències, presentacions, recitals de poesia, projeccions, etc. Disposa d’una aula de formació i una altre per a grups, així com una àmplia sala per a petits lectors. El seu equipament inclou un Living LAB (laboratori tecnològic) que permet accedir i experimentar amb noves formes d’interacció amb la cultura, els llibres i altres continguts.

Començarem les activitats el 9 de setembre, amb la tertúlia del llibre de l’estiu: “La chica mecánica” de Paolo Bacigalupi. La programació per al proper curs está publicada a la pàgina Calendari de sessions, que s’actualitza a cada nova trobada. Es possible que fem canvis sobre aquesta planificació, si aconseguíssim la presència d’algún autor, que vingui a una sessió.

Confio en que ens ho passarem tan bé (o millor) que fins ara.


Lecturas realizadas en el curso 2016-17

Este curso hemos seguido la planificación prevista, para los dos grupos (A y B).

A modo de resumen aquí queda el cuadro con fechas y títulos, que enlazan a cada una de sus respectivas entradas en el blog:

Grupo A Títulos y Autores
3 de septiembre de 2016 Criptonomicón, Neal Stephenson
8 de octubre de 2016 Oryx y Crake, Margaret Atwood
12 de noviembre de 2016 Soy leyenda, Richard Matheson
17 de diciembre de 2016 El marciano, Andy Weir
14 de enero de 2017 La peste escarlata, Jack London
11 de febrero de 2017 La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares
11 de marzo de 2017 Muero por dentro, Robert Silverberg
8 de abril de 2017 El fin de la infancia, Arthur C. Clarke
13 de mayo de 2017 El último hombre, Mary Shelley
10 de junio de 2017 La larga marcha, Richard Bachman
Grupo B Títulos y Autores
2 de septiembre de 2016 El juego de Ender, Orson Scott Card
7 de octubre de 2016 Snow Crash, Neal Stephenson
11 de noviembre de 2016 Guía del autoestopista galáctico, Douglas Adams
16 de diciembre de 2016 La mano izquierda de la oscuridad, Ursula K. LeGuin
13 de enero de 2017 Bóvedas de acero, Isaac Asimov
10 de febrero de 2017 Tintín – Objetivo: La Luna y Aterrizaje en la Luna, Hergè
10 de marzo de 2017 Lágrimas en la lluvia, Rosa Montero
7 de abril de 2017 Crónicas marcianas, Ray Bradbury
12 de mayo de 2017 La pell freda, Albert Sanchez Piñol
9 de junio de 2017 Pórtico, Frederick Pohl

Sesión del Club (Grupo A): La larga marcha

Alguna vez la Larga Marcha ha sido detenida por alguna causa? —preguntó Harkness.
—No lo creo —dijo Garraty—. ¿Más material para el libro?
—No —respondió Harkness con voz cansada—. Sólo para mi información personal.
—Se detiene cada año —dijo Stebbins desde detrás de ellos—. Una vez.

“La larga marcha” es uno de los famosos “Bachman Books”, las novelas que Stephen King escribió antes de publicar con su propio nombre, y que sólo fueron publicadas (bajo el seudónimo de Richard Bachman) tras el éxito de “Salem’s Lot”. De hecho, “La larga marcha” es el más antiguo de sus libros, escrito cuando tenía apenas 18 años.

Decir de una novela de un autor consagrado que es “juvenil” no quiere decir que sea mala, sólo que las ideas, la ejecución, etc. son un ensayo de las habilidades que hacen de King un escritor sobresaliente en novelas posteriores. Se podría esperar que “La larga marcha” cayera en esos errores juveniles, pero, de alguna manera, los trasciende. Este libro es uno de los mejores trabajos de King: una horrorosa pieza de no-horror que es tan poderosa hoy como lo fue cuando apareció en 1979.

Cien muchachos adolescentes son escogidos en una lotería televisada por una versión despótica del ejército de los EEUU, y aceptan participar en una carrera, en la que no pueden detenerse. Si sus pasos caen por debajo de 6’5 kilómetros/hora reciben una advertencia. Tras tres avisos son ejecutados a tiros. De los cien que empiezan la caminata, sólo uno sobrevivirá y se le concede el premio final: todo lo que quiera para el resto de su vida. Y ya está.

Hay rastros de “La larga marcha” en un gran número de novelas contemporáneas de autores jóvenes -la serie de “Los juegos del hambre”, por ejemplo- pero, a diferencia de los libros en que ha influido, “La larga marcha” es en realidad puro miedo. Es amenazante e inquietante, y dada la naturaleza alegórica del contenido de la novela, así debe ser. Quizá podemos considerar “¿Acaso no matan a los caballos?” de Horace McCoy, más próxima al relato de King, porque es una gran novela de terror, de terror social, aunque todo lo que se cuenta en ella sí ocurrió en la realidad.

No hay grandes malos escondidos en las sombras (a menos que consideremos al Mayor -un giro fascista actualizado de la figura del Tío Sam- que organiza el evento y anima a los chicos a caminar), no hay enormes giros narrativos, no tenemos un deus ex machina. Es un libro que comienza con cien personajes que, de manera lenta pero segura, son reducidos a uno. A veces ocurre en ráfagas de descripción vívida: sus infracciones registradas y detalladas, las balas silbando desde las páginas. A veces sucede a través del boca a oreja, como los chismes que se cuentan los chicos que quedan vivos sobre su número cada vez más menguante. Pero sabes que noventa y nueve de estos muchachos van a morir, y entonces el libro terminará. En realidad no hay ninguna razón que justifique por qué la marcha sucede. Se refieren a ella como “el deporte nacional”, y eso significa un entretenimiento de primera magnitud, visto por millones en la televisión.

“La larga marcha”, evidentemente, es una metáfora de la guerra. Específicamente, del conflicto de Vietnam que estaba ocurriendo durante la gestación de la novela: el proyecto televisado, el horror de ver como mueren amigos recién conocidos, la aparente falta de razón para que todo esto ocurra.

King logra encapsular algo de lo que representa seguir vivo, cuando todo a tu alrededor es sangre y disparos en la oscuridad que matan a tus amigos. Para todos los involucrados, es una carrera interminable. O, más bien, que sólo tiene un fin. Y da igual quien sea el ganador, está destruido más allá de toda esperanza. La clave nos la da este diálogo entre Garraty y McVries:

—Es un fraude —repuso McVries con voz temblorosa—. No hay ganador, ni Premio. Al último superviviente se lo llevan después detrás de cualquier granero y lo rematan también.
—¡No seas estúpido! —le gritó Garraty, furioso—. No tienes la menor idea de lo que estás dicien…
—Todo el mundo pierde —repitió McVries

La naturaleza absurda del reclutamiento por el ejército, los gritos de cumplir con tu deber y honrar a tu país, todo eso está en “La larga marcha”. En el orgullo que el Mayor inspira al principio y al final. En los himnos nacionales y los desfiles, en las banderas de los jeeps. En la manera en que los marchadores (odiando al Mayor mientras la carrera continúa) se detienen a aplaudirle cuando éste pasa en una demostración de culto a la personalidad. En los ojos muertos y en las balas con las que soldados insensibles van matando a los chicos que no han hecho nada malo, excepto parar de caminar.

Y en los propios marchadores, que no saben por qué se inscribieron, y no entienden por qué están haciendo esto, pero saben que no pueden detenerse hasta que se les diga que ya se acabó.

Stephen King (1947-)

Stephen Edwin King nació en Portland, Maine en 1947, es el segundo hijo de Donald y Nellie Ruth Pillsbury King. Después de la separación de sus padres, él y su hermano mayor, David, fueron criados por su madre. Parte de su infancia la pasó en Fort Wayne, Indiana, donde vivía la familia de su padre y en Stratford, Connecticut. Cuando Stephen tenía once años, su madre llevó a sus hijos de vuelta a Durham, Maine, donde sus padres, Guy y Nellie Pillsbury, con la vejez habían quedado incapacitados. Ruth King fue persuadida por sus hermanas para hacerse cargo del cuidado físico de la pareja de ancianos. Otros miembros de la familia les proporcionaron una pequeña casa en Durham y apoyo financiero. Después de la muerte de los abuelos de Stephen, la señora King encontró trabajo en las cocinas de Pineland, un centro residencial cercano para personas con retraso mental.

Stephen asistió a la escuela Primaria en Durham y luego siguió la Secundaria en Lisbon Falls, donde se graduó en 1966. A partir de su segundo año en la Universidad de Maine en Orono, escribió una columna semanal para el periódico escolar “The Maine Campus”. También fue activo en política estudiantil, como miembro del Senado del Estudiante. Apoyó activamente el movimiento contra la guerra en el campus de Orono, llegando a esta posición desde un punto de vista conservador que afirmaba que la guerra en Vietnam era inconstitucional. Se graduó de la Universidad de Maine en 1970, con una licenciatura en Inglés y calificado para dar clases en el nivel de preparatoria. Una revisión médica realizada inmediatamente después de la graduación le declaró “no apto” para el servicio militar a causa de la alta presión sanguínea, visión limitada, pies planos, y los tímpanos perforados.

Se casó con Tabitha Spruce en enero de 1971. La había conocido en la Biblioteca Fogler en la Universidad  donde ambos trabajaban como estudiantes. Como Stephen fue incapaz de encontrar trabajo como profesor, vivían de su trabajo como obrero en una lavandería industrial, y de los ahorros y el préstamo de estudiante de Tabitha, con aportaciones ocasionales si le publicaban una historia corta en revistas masculinas.

Stephen hizo su primera venta profesional con el relato corto “El suelo de cristal” al Startling Mystery Stories, en 1967. A lo largo de los primeros años de su matrimonio, continuó vendiendo cuentos a revistas para hombres. Muchos de éstos fueron recogidos más adelante en la compilación Night Shift (“Turno de noche”) o aparecieron en otras antologías. En otoño de 1971, Stephen comenzó a impartir clases de inglés de secundaria en la Hampden Academy, la escuela secundaria pública en Hampden, Maine. Escribía por las tardes y los fines de semana, produciendo cuentos y trabajando en novelas. En la primavera de 1973, Doubleday & Co. aceptaron la novela “Carrie” para su publicación. En el Día la Madre de ese año, Stephen entendió (gracias a su nuevo editor de Doubleday, Bill Thompson) que una venta importante en edición de bolsillo le proporcionaría los medios para abandonar la enseñanza y escribir a tiempo completo.

Al final del verano de 1973, los King se trasladan hasta el sur de Maine debido a la mala salud de la madre de Stephen. Alquilan una casa de verano en el lago Sebago en North Windham, en la que Stephen escribió su siguiente novela publicada, en una pequeña habitación en el garaje. Fue titulada originalmente Second Coming (“Segunda Venida”)  y luego Jerusalem’s Lot, antes de convertirse en Salem’s Lot (“El misterio de Salem’s Lot”). Durante este período, la madre de Stephen murió de cáncer, a los 59 años de edad.

Carrie fue publicada en la primavera de 1974. Ese mismo otoño, los King dejaron Maine para trasladarse a Boulder, Colorado. Vivieron allí poco menos de un año, durante el cual escribió The Shining (“El resplandor”) , que transcurre en Colorado. A su vuelta a Maine en el verano de 1975, compran una casa en la región de los lagos del oeste de Maine. En esa casa, Stephen terminó de escribir The stand (“La danza de la muerte”), cuya acción transcurre en Boulder.  The Dead Zone (“La zona muerta”) fue escrita en Bridgton.

En 1977, los King pasaron sólo tres meses, de una estancia prevista de un año, en Inglaterra. Volvieron a casa a mediados de Diciembre, para cerrar la compra de un nuevo hogar en Center Lovell, Maine. Después de vivir allí durante un verano, se trasladaron al norte a Orrington, cerca de Bangor, de modo que Stephen podía dar clases de escritura creativa en la Universidad de Maine en Orono. Más tarde volvieron a Center Lovell en la primavera de 1979. En 1980, compraron una segunda casa en Bangor, conservando la casa de Center Lovell para estancias de verano. Stephen y Tabitha ahora pasan los inviernos en Florida y el resto del año en sus casas de Bangor y Center Lovell. Los King tienen tres hijos: Naomi Rachel, Joe Hill y Owen Phillip, y cuatro nietos.

Stephen es de ascendencia irlandesa-escocesa, mide 1’95 m. y pesa alrededor de 80 kilos. Tiene los ojos azules, piel clara, el pelo grueso y negro, con un mechón de blanco más notable en su barba, que a veces se deja entre el final de la Serie Mundial y la apertura de la pretemporada de béisbol en Florida. De vez en cuando lleva bigote. Ha llevado gafas desde que era niño.

Ha aportado algo de su experiencia con el grupo teatral de la universidad haciendo cameos en varias de las adaptaciones cinematográficas de sus obras, así como un pequeño papel en la película de George A. Romero, Knigthriders (“Los caballeros de la moto”) . Su hijo Joe Hill King también apareció en Creepshow , estrenada en 1982. Stephen hizo su debut como director, además de escribir el guión, en la película Maximum Overdrive (“La Rebelión de las Máquinas”) en una adaptación de su cuento corto “Camiones”, en 1985.

Stephen y Tabitha ofrecen becas para los estudiantes de la escuela secundaria local y contribuyen en muchas otras organizaciones benéficas tanto locales como nacionales.

Stephen fue galardonado en 2003, con la Medalla de la National Book Foundation por su contribución distinguida a las letras estadounidenses. También recibió el 2014 la National Medal of Arts.

Adaptado de la biografía del autor, publicada en su sitio oficial


Sesión del Club (Grupo B): Pórtico

“El experimento que yo quería probar consistía en completar tanto como pudiera  ese  mundo.  Decir  de  él  todo  lo  que  supiera.  No  sólo  para  explicar  el porqué  del  comportamiento de  los  personajes.  No  sólo  los parámetros físicos.  Las  costumbres,  la  vestimenta,  las  diversiones,  las  represiones,  los  estímulos sensoriales. Para conseguirlo sin exigir a los personajes que se explicaran mutuamente las cosas en una charla sin fin, adopté el sistema del sidebar o texto lateral. No pretendo decir  que  sea  un  invento.  Es  una  técnica  periodística.”

Frederick Pohl (1919-2013)


Sessió del Club (Grup B): La pell freda

P: Se te ha comparado con Lovecraft, Verne, Stevenson o Conrad ¿Reconoces la influencia en tus novelas de alguno de ellos?
R- La verdad es que tan solo me quedo con Conrad. Respecto a los otros autores que citas, creo que habría que hablar más de coincidencias que de influencias. Otros autores que me han influido mucho, muchísimo —al menos en las temáticas— son Buzzati y Coetzee. Pero mi tríada de favoritos son Henry Miller, Lévi-Strauss y Ernst Jünger. ¿Te los imaginas encerrados en una habitación sin ventanas? Seguro que acababan a tortas …
Albert Sanchez Piñol, entrevistat a literaturas.com

Sesión del Club (Grupo A): El último hombre

“¡Paciencia, oh, lector! Seas quien seas, mores donde mores, ya seas de raza espiritual o hayas surgido de una pareja superviviente, tu naturaleza será humana y tendrás por morada la tierra. Aquí vas a leer los hechos de una raza extinta, y te preguntarás con asombro si ellos, los que sufrieron lo que tú hallas escrito, eran de la misma carne frágil y el mismo cuerpo blando que tú.”

Se trata de una de las primeras novelas de ciencia ficción, “El último hombre” de Mary Shelley, pues fue publicado originalmente en 1826. A priori lo tiene todo para convertirse en un clásico, o, por lo menos, para gozar de la misma fama que “Frankenstein”: una autora de prestigio, un estilo literario cuidado, personajes potentes, algunos avances tecnológicos interesantes, una hábil proyección política desde su época y un tema, la destrucción de la humanidad, que puede dar mucho juego. Lo tiene todo para triunfar. Y de hecho lo hizo, no de forma abrumadora, es cierto, pero si fue un discreto éxito cuando salió a la luz.

Algunas interpretaciones recientes han visto en la extinción universal que en ella describe una metáfora de los efectos destructores de un idealismo político excesivo. Obra de vocación futurista, ambientada en torno al año 2070, destacan entre sus personajes Adrian, hijo del destronado rey de Inglaterra y ardiente partidario de las ideas republicanas e igualitarias, y Raymond, un señor poderoso que rechaza un ventajoso matrimonio político para casarse con su verdadero amor y que combate en Constantinopla por la libertad de un pueblo que no es el suyo. En esas circunstancias, se tiene conocimiento de una misteriosa epidemia que avanza arrasando países enteros y que pone en peligro la supervivencia misma de la humanidad.

“El último hombre” es un clásico imprescindible que ofrece múltiples lecturas: novela de anticipación y de profecías apocalípticas, novela en clave, novela de iniciación y relato de terror gótico. La novela también se considera como una crítica / reacción contra el movimiento literario del romanticismo, aunque los ideales y las pasiones de los personajes no les ahorra su condenación inminente.

En este curioso 2070 imaginado por Mary Shelley: los barcos se siguen moviendo a vapor, existen globos que permiten hacer el viaje entre Londres y Escocia en apenas un día o dos (depende del viento). Inglaterra es una república, pero sigue existiendo una división social cercana al Antiguo Régimen. En el continente sigue primando el absolutismo, y griegos y turcos continúan luchando encarnizadamente desde los tiempos de Byron. Por cierto, la caballería y la infantería de línea siguen siendo las armas dominantes.

Para dar el salto a esa época, Shelley usa una artimaña que sería muy común en la ficción especulativa temprana: un narrador actual que oye la historia de segunda mano a través de algún medio inusual. En el caso de Shelley, describe una visita a Nápoles y el descubrimiento de la Cueva de la Sibila, que contiene antiguas profecías escritas. Shelley y su compañero se llevan los documentos a casa para traducirlos, y encuentran en ellos la historia de Lionel Verney, el último hombre en la tierra.

Pero si su capacidad prospectiva ha caducado, por lo menos quedan otros valores más literarios, lo que no evita la sensación de que Mary Shelley tuvo que sacrificar parte de su brillantez literaria en aras de la comercialidad: una cosa es escribir sobre un monstruo que cobra vida para asombrar a las amistades y otra llegar a un público masivo.

No es hacer un spoiler si señalamos que la historia termina con un sólo hombre en la tierra, un superviviente solitario que recuerda la historia y la caída de sus amigos y de toda la humanidad. Shelley hace un sentido elogio para todos ellos, que muy bien podría haber sido escrito por su difunto esposo.

Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851)

“El ser humano que quiere alcanzar la perfección debe mantener la serenidad y la calma, sin permitir que una pasión o un deseo circunstancial se entrometa en su espíritu”

Escritora inglesa, nacida en Londres el 30 de agosto de 1797 y fallecida en su ciudad natal en 1851. La narrativa de Mary Shelley refleja a la perfección los gustos y las inquietudes del Romanticismo: lucha entre la ciencia y el espíritu, interés por los personajes atormentados, dudas sobre el sentido de la vida, misterio, pasiones, sentimientos, etc.

Era hija del filósofo y economista William Godwin, un brillante intelectual que se había significado por su ideología librepensadora. Su madre era también una intelectual muy liberal, la escritora Mary Wollstonecraft, una de las primeras defensoras del feminismo en la cultura inglesa. Murió a los once días de haber dado a luz a la futura escritora. La pequeña Mary creció al lado de dos compañeras inseparables a lo largo de su infancia y adolescencia. Una de ellas era su hermana mayor Fanny Imlay, una niña que había tenido Mary Wollstonecraft cuando todavía estaba soltera. La otra compañera de ambas era la joven Jane o Clara, hija de Mary Jane Clairmont, una viuda con la que se había casado Godwin tras la muerte de su primera esposa.

Las tres niñas (Fanny, Mary y Clara) crecieron en un ambiente de cultura y libertad poco frecuente entre las mujeres de su tiempo. Su padre y tutor se encargó de que recibieran una espléndida educación, lo que pronto les permitió relacionarse con los principales artistas, escritores e intelectuales del panorama cultural londinense de comienzos del siglo XIX. Fue así como Mary conoció, en 1814, a otro de los geniales poetas del Romanticismo inglés, Percy Bysshe Shelley. A pesar de que éste estaba casado, ambos se enamoraron y, a los dos meses de haberse conocido, se fugaron de Londres. Clara, que seguía muy unida a Mary, se fugó con ellos. La tercera de aquel grupo, Fanny, se quedó en Londres, donde poco tiempo después se quitó la vida envenenándose con láudano, en un acto muy característico del espíritu romántico. En 1816 se suicidó también Harriet Westbrook, la esposa de Percy Bysshe Shelley. Éste, tan pronto como se supo viudo, se casó con Mary, por lo que acabó pasando a la posteridad con el nombre de Mary Shelley.

Percy, Mary y Clara vivían en Suiza, a orillas de un bello lago. Allí se reunió con ellos el gran poeta George Gordon, más conocido por su título de Lord Byron, que había abandonado Londres después de haberse visto envuelto en un escándalo amoroso. Clara y Lord Byron se enamoraron, y fruto de aquella apasionada relación a orillas del lago Lemán fue una niña llamada Allegra.

La estancia de los cuatro en aquel tranquilo paraje suizo fue también muy fructífera para la historia de la Literatura. Una noche de tormenta, Byron propuso que todos los que allí se hallaban escribiesen un cuento de terror. La joven Mary Shelley se tomó el juego en serio y escribió una de las obras maestras de la literatura de terror: “Frankenstein o El moderno Prometeo” (1818), cuya influencia en el género se ha dejado sentir en las tradiciones narrativas de todo el mundo. De aquella noche de tormenta en la que Byron propuso escribir relatos de terror salió otra obra decisiva para el género de terror: “El vampiro”, cuento escrito por John William Polidori, médico y ayudante de Byron. Este relato sentó las bases de la historia que luego habría de hacer célebre Bram Stoker bajo el título de “Drácula” (1897).

Convertida en una autora famosa gracias a Frankenstein, Mary Shelley continuó escribiendo novelas, aunque no logró alcanzar con ellas el éxito obtenido por su primera obra: “Valperga”, novela gótica (de miedo y misterio) castillos, fantasmas, ruidos extraños, sótanos misteriosos, etc.; “El último hombre”, novela fantástica que plantea una epidemia de peste que ha acabado prácticamente con el ser humano, ya que sólo ha dejado un hombre con vida; “Mathilda”, novela escrita en 1819, aunque no fue publicada hasta 1859, ocho años después de que la escritora hubiera desaparecido; y “The fortunes of Perkin Warbeck” y “Falkner”, dos novelas históricas. También escribió numerosos artículos periodísticos, ensayos y biografías por encargo, y se ocupó de editar la obra poética de su esposo. Además, fue autora de algunos cuentos o narraciones breves como el relato infantil “Mauricio o la cabaña del pescador”, el cuento fantástico “Transformación” y “El mortal inmortal”.

A pesar de la prematura desaparición de su esposo (ocurrida en 1822, cuando sólo llevaban ocho años juntos), Mary y Percy recorrieron muchos países de Europa: Francia, Suiza, Italia, Alemania, Holanda… A la muerte del poeta, la autora regresó a Londres, a la casa de su padre. Dedicada de lleno a sus escritos y al cuidado de su casa y familia, Mary Shelley no volvió a casarse.

Falleció en Londres, mientras dormía, el 1 de febrero de 1851.


Sesión del Club (Grupo B): Crónicas marcianas

Unas de las características más aclamadas de Crónicas marcianas es precisamente la capacidad de Bradbury para hacer poesía con la ciencia ficción:

“Los ojos y la mente de Spender poblaron las calles. Unas siluetas se movían como vapores azules por las avenidas empedradas y había débiles murmullos, y unos extraños animales se escurrían por las arenas de color gris rojizo. Alguien saludaba desde las ventanas (moviendo lentamente la mano como si estuviese sumergido en un agua intemporal), a unas sombras que se arrastraban en el espacio bajo las torres plateadas por las lunas. Una música sonaba en algún oído interior, y Spender imaginó las formas de los instrumentos que evocaban esa música. Era un país encantado.”
(Aunque siga brillando la luna)

Bradbury está alejado del frío cientifismo de autores como Asimov, que consideraba el conjunto de relatos como una especie de pastoral marciana. Para Isaac Asimov, Crónicas marcianas es, en esencia, “una fiesta de inocencia aldeana y nostalgia en un marco futurista”.