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Sesión del Club (Grupo A): La larga marcha

Alguna vez la Larga Marcha ha sido detenida por alguna causa? —preguntó Harkness.
—No lo creo —dijo Garraty—. ¿Más material para el libro?
—No —respondió Harkness con voz cansada—. Sólo para mi información personal.
—Se detiene cada año —dijo Stebbins desde detrás de ellos—. Una vez.

“La larga marcha” es uno de los famosos “Bachman Books”, las novelas que Stephen King escribió antes de publicar con su propio nombre, y que sólo fueron publicadas (bajo el seudónimo de Richard Bachman) tras el éxito de “Salem’s Lot”. De hecho, “La larga marcha” es el más antiguo de sus libros, escrito cuando tenía apenas 18 años.

Decir de una novela de un autor consagrado que es “juvenil” no quiere decir que sea mala, sólo que las ideas, la ejecución, etc. son un ensayo de las habilidades que hacen de King un escritor sobresaliente en novelas posteriores. Se podría esperar que “La larga marcha” cayera en esos errores juveniles, pero, de alguna manera, los trasciende. Este libro es uno de los mejores trabajos de King: una horrorosa pieza de no-horror que es tan poderosa hoy como lo fue cuando apareció en 1979.

Cien muchachos adolescentes son escogidos en una lotería televisada por una versión despótica del ejército de los EEUU, y aceptan participar en una carrera, en la que no pueden detenerse. Si sus pasos caen por debajo de 6’5 kilómetros/hora reciben una advertencia. Tras tres avisos son ejecutados a tiros. De los cien que empiezan la caminata, sólo uno sobrevivirá y se le concede el premio final: todo lo que quiera para el resto de su vida. Y ya está.

Hay rastros de “La larga marcha” en un gran número de novelas contemporáneas de autores jóvenes -la serie de “Los juegos del hambre”, por ejemplo- pero, a diferencia de los libros en que ha influido, “La larga marcha” es en realidad puro miedo. Es amenazante e inquietante, y dada la naturaleza alegórica del contenido de la novela, así debe ser. Quizá podemos considerar “¿Acaso no matan a los caballos?” de Horace McCoy, más próxima al relato de King, porque es una gran novela de terror, de terror social, aunque todo lo que se cuenta en ella sí ocurrió en la realidad.

No hay grandes malos escondidos en las sombras (a menos que consideremos al Mayor -un giro fascista actualizado de la figura del Tío Sam- que organiza el evento y anima a los chicos a caminar), no hay enormes giros narrativos, no tenemos un deus ex machina. Es un libro que comienza con cien personajes que, de manera lenta pero segura, son reducidos a uno. A veces ocurre en ráfagas de descripción vívida: sus infracciones registradas y detalladas, las balas silbando desde las páginas. A veces sucede a través del boca a oreja, como los chismes que se cuentan los chicos que quedan vivos sobre su número cada vez más menguante. Pero sabes que noventa y nueve de estos muchachos van a morir, y entonces el libro terminará. En realidad no hay ninguna razón que justifique por qué la marcha sucede. Se refieren a ella como “el deporte nacional”, y eso significa un entretenimiento de primera magnitud, visto por millones en la televisión.

“La larga marcha”, evidentemente, es una metáfora de la guerra. Específicamente, del conflicto de Vietnam que estaba ocurriendo durante la gestación de la novela: el proyecto televisado, el horror de ver como mueren amigos recién conocidos, la aparente falta de razón para que todo esto ocurra.

King logra encapsular algo de lo que representa seguir vivo, cuando todo a tu alrededor es sangre y disparos en la oscuridad que matan a tus amigos. Para todos los involucrados, es una carrera interminable. O, más bien, que sólo tiene un fin. Y da igual quien sea el ganador, está destruido más allá de toda esperanza. La clave nos la da este diálogo entre Garraty y McVries:

—Es un fraude —repuso McVries con voz temblorosa—. No hay ganador, ni Premio. Al último superviviente se lo llevan después detrás de cualquier granero y lo rematan también.
—¡No seas estúpido! —le gritó Garraty, furioso—. No tienes la menor idea de lo que estás dicien…
—Todo el mundo pierde —repitió McVries

La naturaleza absurda del reclutamiento por el ejército, los gritos de cumplir con tu deber y honrar a tu país, todo eso está en “La larga marcha”. En el orgullo que el Mayor inspira al principio y al final. En los himnos nacionales y los desfiles, en las banderas de los jeeps. En la manera en que los marchadores (odiando al Mayor mientras la carrera continúa) se detienen a aplaudirle cuando éste pasa en una demostración de culto a la personalidad. En los ojos muertos y en las balas con las que soldados insensibles van matando a los chicos que no han hecho nada malo, excepto parar de caminar.

Y en los propios marchadores, que no saben por qué se inscribieron, y no entienden por qué están haciendo esto, pero saben que no pueden detenerse hasta que se les diga que ya se acabó.

Stephen King (1947-)

Stephen Edwin King nació en Portland, Maine en 1947, es el segundo hijo de Donald y Nellie Ruth Pillsbury King. Después de la separación de sus padres, él y su hermano mayor, David, fueron criados por su madre. Parte de su infancia la pasó en Fort Wayne, Indiana, donde vivía la familia de su padre y en Stratford, Connecticut. Cuando Stephen tenía once años, su madre llevó a sus hijos de vuelta a Durham, Maine, donde sus padres, Guy y Nellie Pillsbury, con la vejez habían quedado incapacitados. Ruth King fue persuadida por sus hermanas para hacerse cargo del cuidado físico de la pareja de ancianos. Otros miembros de la familia les proporcionaron una pequeña casa en Durham y apoyo financiero. Después de la muerte de los abuelos de Stephen, la señora King encontró trabajo en las cocinas de Pineland, un centro residencial cercano para personas con retraso mental.

Stephen asistió a la escuela Primaria en Durham y luego siguió la Secundaria en Lisbon Falls, donde se graduó en 1966. A partir de su segundo año en la Universidad de Maine en Orono, escribió una columna semanal para el periódico escolar “The Maine Campus”. También fue activo en política estudiantil, como miembro del Senado del Estudiante. Apoyó activamente el movimiento contra la guerra en el campus de Orono, llegando a esta posición desde un punto de vista conservador que afirmaba que la guerra en Vietnam era inconstitucional. Se graduó de la Universidad de Maine en 1970, con una licenciatura en Inglés y calificado para dar clases en el nivel de preparatoria. Una revisión médica realizada inmediatamente después de la graduación le declaró “no apto” para el servicio militar a causa de la alta presión sanguínea, visión limitada, pies planos, y los tímpanos perforados.

Se casó con Tabitha Spruce en enero de 1971. La había conocido en la Biblioteca Fogler en la Universidad  donde ambos trabajaban como estudiantes. Como Stephen fue incapaz de encontrar trabajo como profesor, vivían de su trabajo como obrero en una lavandería industrial, y de los ahorros y el préstamo de estudiante de Tabitha, con aportaciones ocasionales si le publicaban una historia corta en revistas masculinas.

Stephen hizo su primera venta profesional con el relato corto “El suelo de cristal” al Startling Mystery Stories, en 1967. A lo largo de los primeros años de su matrimonio, continuó vendiendo cuentos a revistas para hombres. Muchos de éstos fueron recogidos más adelante en la compilación Night Shift (“Turno de noche”) o aparecieron en otras antologías. En otoño de 1971, Stephen comenzó a impartir clases de inglés de secundaria en la Hampden Academy, la escuela secundaria pública en Hampden, Maine. Escribía por las tardes y los fines de semana, produciendo cuentos y trabajando en novelas. En la primavera de 1973, Doubleday & Co. aceptaron la novela “Carrie” para su publicación. En el Día la Madre de ese año, Stephen entendió (gracias a su nuevo editor de Doubleday, Bill Thompson) que una venta importante en edición de bolsillo le proporcionaría los medios para abandonar la enseñanza y escribir a tiempo completo.

Al final del verano de 1973, los King se trasladan hasta el sur de Maine debido a la mala salud de la madre de Stephen. Alquilan una casa de verano en el lago Sebago en North Windham, en la que Stephen escribió su siguiente novela publicada, en una pequeña habitación en el garaje. Fue titulada originalmente Second Coming (“Segunda Venida”)  y luego Jerusalem’s Lot, antes de convertirse en Salem’s Lot (“El misterio de Salem’s Lot”). Durante este período, la madre de Stephen murió de cáncer, a los 59 años de edad.

Carrie fue publicada en la primavera de 1974. Ese mismo otoño, los King dejaron Maine para trasladarse a Boulder, Colorado. Vivieron allí poco menos de un año, durante el cual escribió The Shining (“El resplandor”) , que transcurre en Colorado. A su vuelta a Maine en el verano de 1975, compran una casa en la región de los lagos del oeste de Maine. En esa casa, Stephen terminó de escribir The stand (“La danza de la muerte”), cuya acción transcurre en Boulder.  The Dead Zone (“La zona muerta”) fue escrita en Bridgton.

En 1977, los King pasaron sólo tres meses, de una estancia prevista de un año, en Inglaterra. Volvieron a casa a mediados de Diciembre, para cerrar la compra de un nuevo hogar en Center Lovell, Maine. Después de vivir allí durante un verano, se trasladaron al norte a Orrington, cerca de Bangor, de modo que Stephen podía dar clases de escritura creativa en la Universidad de Maine en Orono. Más tarde volvieron a Center Lovell en la primavera de 1979. En 1980, compraron una segunda casa en Bangor, conservando la casa de Center Lovell para estancias de verano. Stephen y Tabitha ahora pasan los inviernos en Florida y el resto del año en sus casas de Bangor y Center Lovell. Los King tienen tres hijos: Naomi Rachel, Joe Hill y Owen Phillip, y cuatro nietos.

Stephen es de ascendencia irlandesa-escocesa, mide 1’95 m. y pesa alrededor de 80 kilos. Tiene los ojos azules, piel clara, el pelo grueso y negro, con un mechón de blanco más notable en su barba, que a veces se deja entre el final de la Serie Mundial y la apertura de la pretemporada de béisbol en Florida. De vez en cuando lleva bigote. Ha llevado gafas desde que era niño.

Ha aportado algo de su experiencia con el grupo teatral de la universidad haciendo cameos en varias de las adaptaciones cinematográficas de sus obras, así como un pequeño papel en la película de George A. Romero, Knigthriders (“Los caballeros de la moto”) . Su hijo Joe Hill King también apareció en Creepshow , estrenada en 1982. Stephen hizo su debut como director, además de escribir el guión, en la película Maximum Overdrive (“La Rebelión de las Máquinas”) en una adaptación de su cuento corto “Camiones”, en 1985.

Stephen y Tabitha ofrecen becas para los estudiantes de la escuela secundaria local y contribuyen en muchas otras organizaciones benéficas tanto locales como nacionales.

Stephen fue galardonado en 2003, con la Medalla de la National Book Foundation por su contribución distinguida a las letras estadounidenses. También recibió el 2014 la National Medal of Arts.

Adaptado de la biografía del autor, publicada en su sitio oficial


Sesión del Club (Grupo B): Pórtico

“El experimento que yo quería probar consistía en completar tanto como pudiera  ese  mundo.  Decir  de  él  todo  lo  que  supiera.  No  sólo  para  explicar  el porqué  del  comportamiento de  los  personajes.  No  sólo  los parámetros físicos.  Las  costumbres,  la  vestimenta,  las  diversiones,  las  represiones,  los  estímulos sensoriales. Para conseguirlo sin exigir a los personajes que se explicaran mutuamente las cosas en una charla sin fin, adopté el sistema del sidebar o texto lateral. No pretendo decir  que  sea  un  invento.  Es  una  técnica  periodística.”

Frederick Pohl (1919-2013)


Sesión del Club (Grupo B): Crónicas marcianas

Unas de las características más aclamadas de Crónicas marcianas es precisamente la capacidad de Bradbury para hacer poesía con la ciencia ficción:

“Los ojos y la mente de Spender poblaron las calles. Unas siluetas se movían como vapores azules por las avenidas empedradas y había débiles murmullos, y unos extraños animales se escurrían por las arenas de color gris rojizo. Alguien saludaba desde las ventanas (moviendo lentamente la mano como si estuviese sumergido en un agua intemporal), a unas sombras que se arrastraban en el espacio bajo las torres plateadas por las lunas. Una música sonaba en algún oído interior, y Spender imaginó las formas de los instrumentos que evocaban esa música. Era un país encantado.”
(Aunque siga brillando la luna)

Bradbury está alejado del frío cientifismo de autores como Asimov, que consideraba el conjunto de relatos como una especie de pastoral marciana. Para Isaac Asimov, Crónicas marcianas es, en esencia, “una fiesta de inocencia aldeana y nostalgia en un marco futurista”.


Sesión del Club (Grupo A): El fin de la infancia

“Comparada con las épocas anteriores, ésta era la edad de la utopía. La ignorancia, la enfermedad, la pobreza y el temor habían desaparecido virtualmente. El recuerdo de la guerra se perdía en el pasado como una pesadilla que se desvanece con el alba. Pronto ningún hombre viviente habría podido conocerlo.”

Durante la Segunda Guerra Mundial, Clarke vio globos de barrera que flotaban por encima de Londres, parecían OVNIs sobrevolando y protegiendo el área metropolitana de los ataques aéreos nazis. La visión le hizo “desterrar todos los pensamientos del presente peligro” e imaginar el futuro. Al convertir la historia de invasión alienígena clásica en su cabeza, Clarke primero escribió sobre el futuro (soñado en 1950) en un cuento llamado “Ángel Guardián”. La idea de Clarke para el libro se expandió en novela en 1952, incorporando la primera parte del libro, “La Tierra y los superseñores”.

Completado y publicado en 1953, “El fin de la infancia” vendió su primera edición, recibiendo buenas críticas, y convirtiéndose en el primer libro famoso de Clarke. La novela no ganó un premio Hugo (no hubo premios ese año), pero fue nominada para un premio Hugo retro ofrecido en 2004. A pesar de que no ganó, se la considera ampliamente como una de las mejores novelas de Clarke.

Los extraterrestres llegan inadvertidamente y manteniendo sus naves colgadas en la atmósfera terrestre dicen que la Tierra está bajo una nueva dirección: la suya. Pero no destruyen nada: ni edificios famosos, ni bases militares, ni siquiera un puente. En su lugar, promueven la paz mundial, el crecimiento tecnológico, e imponen sólo unas pocas normas paternalistas sobre el mundo. ¿Pero por qué? ¿Estos extraterrestres han viajado a través del universo sólo para jugar a hermanitas de la caridad intergalácticas … o tienen motivos ulteriores?

Durante un tiempo no se dejan ver, y aquí Clarke sorprende ya que encajan perfectamente en la descripción de los demonios del mito: “No había error posible. Las alas correosas, los cuernos, la cola peluda: todo estaba allí. La más terrible de las leyendas había vuelto a la vida desde un desconocido pasado”. Sin embargo, no son criaturas sobrenaturales; su existencia puede ser explicada por procesos completamente naturales, como la evolución.

Los Superseñores alienígenas se refieren a sí mismos como “guardianes” y “parteras”, metáforas para explicar su relación con la humanidad. Sin embargo la que no usan, y quizá sea más adecuada es “padres”. Como “hijos” de los Superseñores, los seres humanos tienen que decidir el camino que quieren tomar hacia la edad adulta. Los Superseñores dicen a la humanidad donde pueden y no pueden ir (el espacio es un gran no-no), qué reglas deben seguir (Estado Mundial o les intervienen), cómo usar su tecnología (las armas nucleares no son juguetes), y a qué hora hay que irse a la cama (bueno, ésta tal vez no …). Suena como los padres hablando a sus hijos adolescentes , ¿verdad?

Así, más que infancia podemos verla como “El Fin de la Adolescencia”, ya que los problemas a los que se enfrenta la raza humana son más parecidos a los que tienen que enfrentarse los adolescentes navegando en el proceso de convertirse en adultos.

Clarke juega un poco en esta novela con el género de la distopia. La mayoría de los futuros distópicos son obviamente lugares horribles para vivir, los pobres son pobres, un grupo selecto controla a todos los demás y las libertades son una memoria perdida hace mucho tiempo. En “El fin de la infancia”, no todo es tan obviamente distópico. De hecho, a primera vista, todo lo que pasa es benéfico. Todo el mundo tiene sus necesidades satisfechas, no hay guerras, y la gente hace turismo en coches voladores. Pero, aunque sólo es notado por unos pocos, el aburrimiento se extiende por toda la sociedad y conduce al estancamiento del arte y la cultura humana. La novela sugiere que el fin del hambre, de la enfermedad y del crimen violento no es algo para desdeñar, pero estas circunstancias ocupan algún escalón necesario para animar a otras partes críticas de la existencia humana.

Por lo tanto, la novela está pintada de utopía en la superficie, pero hay un núcleo distópico en el corazón de la misma.

Clarke es parte de un grupo de autores -incluyendo a Robert Heinlein, Isaac Asimov y otros- a quienes se atribuye básicamente inventar el género de la ciencia-ficción tal como lo conocemos. Pero lo que realmente la acredita en el género es la forma en que la ciencia y la filosofía se tejen en la historia. Los aparatos avanzados a bordo de la nave de Karellen pueden verse como juguetes científicos ingeniosos para usarlos en el relato. Sin embargo es lo que representan esos gadgets lo que hace que esta historia sea de ciencia ficción. Por ejemplo, la tecnología de Karellen y la mera existencia de una especie alienígena pone tensión en las creencias sostenidas por la gente religiosa, y “en pocos días, todos los multitudinarios mesías de la humanidad habían perdido su divinidad”. No es la simple adición de la ciencia a la historia lo que la cualifica como ciencia-ficción, sino la exploración de las implicaciones que esta ciencia trae a la Tierra con ella.

Finalmente, es una historia sobre alcanzar la edad adulta. Sin embargo, en lugar de ser un cuento de llegar a la mayoría de edad una sola persona, como suele ser el caso, es toda la raza humana la que crece. Claramente, algunas personas se contentan con vivir bajo los pulgares dobles extraterrestres, pero otros, como Jan y George, necesitan algo más. Como un niño tratando de encontrar su propio camino, pese a sus padres dominantes, esta novela presenta a la humanidad  tratando de trascender más allá de la interferencia de los Superseñores.

Al final, la humanidad crece y evoluciona fuera de su estado de infancia. Si eso es algo bueno o malo …

Arthur Charles Clarke (1917-2008)

Arthur Charles Clarke nació el 16 de diciembre de 1917, en la ciudad costera de Minehead, en el suroeste de Inglaterra. Fue el mayor de cuatro hijos nacidos en una familia de agricultores, Clarke se fascinó con la ciencia y la astronomía a una edad temprana, escaneando las estrellas con un telescopio casero y llenando su cabeza con cuentos de ciencia ficción de revistas como Astounding Stories. Después de que su padre falleciera repentinamente, las dificultades financieras que su familia soportó impidieron que Clarke asistiera a la universidad a pesar de su mente brillante e inquisitiva. Después de graduarse de la escuela secundaria en la cercana Taunton, Clarke salió de su casa para encontrar trabajo en 1936.

Al llegar a Londres, Clarke encuentra trabajo como burócrata del gobierno. Sin embargo, no había perdido su fascinación por las estrellas, y pronto se convirtió en miembro de la British Interplanetary Society, que defendía la idea de los viajes espaciales mucho antes de que se considerara plausible. Clarke contribuyó con sus artículos al boletín de noticias del grupo y también comenzó sus primeras incursiones en la ciencia ficción.

Aunque estos primeros esfuerzos fueron interrumpidos con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, el servicio de Clarke durante el conflicto le daría la oportunidad de satisfacer su aptitud tecnológica. Desde 1941 hasta el final de la guerra, fue técnico de la RAF y uno de los primeros en utilizar la información del radar para guiar los aterrizajes de los aviones en condiciones climáticas desfavorables. Sus experiencias en tiempo de guerra resultarían fundamentales en dos de los primeros trabajos de Clarke como escritor. En 1945, la revista Wireless World publicó su artículo “Extra-Terrestrial Relays”, en el que Clarke teorizó sobre cómo un sistema de satélites geoestacionarios podría ser utilizado para transmitir señales de radio y televisión a todo el mundo. Ésta fue sólo la primera de muchas realidades tecnológicas que Clarke prediría durante su prolífica carrera. Al año siguiente su cuento “Rescue Party” adornó las páginas de Astounding Science Fiction, su primera obra de ciencia ficción había sido publicada.

Al regresar de la guerra, Clarke tuvo oportunidad de continuar su educación superior después de recibir una beca para asistir al King’s College en Londres. Durante este tiempo, también volvió a conectar con la Sociedad Interplanetaria Británica (que presidiría durante varios años) y continuó con sus esfuerzos literarios. Se graduó en 1948 con honores en matemáticas y física y rápidamente empezó a ganar reputación tanto como científico como en su faceta de autor. Mientras trabajaba como editor asistente para la revista Science Abstracts, Clarke publicó el libro de no ficción Interplanetary Flight (1950), en el que discutió las posibilidades del viaje espacial. En 1951, se publicó su primera novela larga, “Preludio al espacio”, seguida dos años más tarde por “Contra la caída de la noche” y “El fin de la infancia” (que fue el primer éxito verdadero de Clarke y posteriormente adaptada como serie de televisión en 2015). Ganó su primer Premio Hugo en 1956 por su cuento “La Estrella”.

La escritura de Clarke le ganó la estima como novelista y le trajo la prominencia como pensador revolucionario. Fue consultado frecuentemente por miembros de la comunidad científica, trabajando con científicos estadounidenses para ayudar a diseñar naves espaciales y ayudar en el desarrollo de satélites para aplicaciones meteorológicas. Además de todas sus actividades sobre el espacio, a mediados de la década de 1950 Clarke comenzó a desarrollar un interés por los mundos submarinos. En 1956, se trasladó a Sri Lanka, estableciéndose primero en la ciudad costera de Unawatuna y más tarde mudándose a Colombo. Clarke vivió en Sri Lanka el resto de su vida y se convirtió en un hábil buceador, fotografiando arrecifes regionales e incluso descubriendo las ruinas submarinas de un antiguo templo. Documentó sus experiencias de buceo en obras como The Coast of Coral (1956) y The Reefs of Taprobane (1957). También utilizó su experiencia para iniciar el negocio de turismo Underwater Safaris.

El destino de Clarke, sin embargo, estaba todavía muy ligado al espacio. Después de ser golpeado con la polio, que limitó su movilidad, volvió su atención de nuevo a las estrellas. Durante los años 60, Clarke vio realizados algunos de sus proyectos más importantes. En 1962 publicó Profiles of the Future, en el que hizo predicciones sobre invenciones hasta el año 2100, y en 1963 el Instituto Franklin le otorgó su premio Ballantine por sus contribuciones a la tecnología satelital. Ese honor fue ampliado el año siguiente cuando el satélite Syncom 3 transmitió los Juegos Olímpicos de Verano desde Tokyo a los Estados Unidos.

La creciente reputación de Clarke como experto en todos los temas del espacio le llevó a la colaboración por la que quizás haya sido más reconocido. En 1964, con el director Stanley Kubrick, Clarke empezó a trabajar en una adaptación cinematográfica de su cuento de 1951 “El centinela”. Se convertiría en el clásico de Kubrick dirigido en 1968 “2001: Una odisea espacial”, ampliamente considerada como una de las mejores películas de la historia. Clarke y Kubrick recibieron una nominación al Oscar por su guión y también colaboraron en el desarrollo de la historia en una novela publicada el mismo año. Clarke, autor y pensador de renombre internacional, continuó su producción prolífica y exitosa durante los años setenta. Su novela de 1973 “Cita con Rama” ganó los premios Nebula y Hugo, una hazaña que repitió varios años después con “Las fuentes del paraíso” (1979). En la década siguiente, Clarke completó las obras autobiográficas Ascent to Orbit (1984) y Astounding Days (1989).

Clarke siguió más adelante con las secuelas literarias “2010: Odisea dos” (publicada en 1982 y adaptada en una película de 1984), “2061: Odisea tres” (1987) y “3001: La odisea final” (1997). A finales de los años sesenta, Clarke pudo participar en una odisea espacial de la vida real cuando fue elegido para unirse a Walter Cronkite como comentarista de la cobertura de CBS del aterrizaje lunar de Apolo 11. Volvió a las ondas para la cobertura de las misiones Apolo 13 y Apolo 15. Posteriormente mantuvo sus colaboraciones con la televisión.

Hacia el final de la década, las complicaciones relacionadas con la poliomielitis redujeron aún más la movilidad de Clarke, confinándole a una silla de ruedas. Continuó escribiendo obras de ficción y no ficción y obtuvo varios reconocimiento por toda su vida de contribuciones. En 1983, se creó la Fundación Arthur C. Clarke para promover el uso de la tecnología, cuyo objetivo era mejorar la calidad de vida, particularmente en los países en desarrollo, a través de becas y premios educativos; en 1986, se estableció el Premio Arthur C. Clarke a la excelencia en la ciencia ficción británica. Clarke también ocupó cátedras en la Universidad de Moratuwa en Sri Lanka de 1979 a 2002 y en la Universidad Internacional del Espacio de 1989 a 2004.

Hasta la vieja Ceilán le persiguieron los prejuicios y se difundió el rumor de que vivía allí entregado a la pederastia, acusación que luego fue desmentida por la autoridades del país. Ese infundio le costó, según explicó uno de sus principales colaboradores, el escritor Stephen Baxter, que se discutiera la conveniencia de otorgarle el título de sir. Cosa que al final hizo personalmente el príncipe Carlos. Cuando se le preguntó si era gay, respondió con coquetería: “No, merely cheerful (No, simplemente alegre)”. En la última década de su vida Arthur C. Clarke fue nombrado caballero por el alto comisionado británico en Sri Lanka; se le concedió el mayor honor civil de ese país, el Sri Lankabhimanya y vio la fundación del Instituto Arthur C. Clarke para la Educación Espacial.

Murió de insuficiencia respiratoria el 19 de marzo de 2008, a la edad de 90 años. Había escrito casi 100 libros, junto con innumerables ensayos y cuentos, e hizo contribuciones inconmensurables al campo de la exploración espacial y la ciencia. En honor a su trabajo, la Unión Astronómica Internacional nombró la distancia de aproximadamente 36.000 kilómetros sobre el ecuador de la Tierra, la órbita de Clarke, y el asteroide No. 4923 recibió la designación de “Clarke”.


Sesión del Club (Grupo B): Lágrimas en la lluvia

“Los humanos la miraban y temblaban. La miraban y susurraban. La miraban y la odiaban. Había un monstruo reflejado en los ojos de esos hombres y esas mujeres, y el monstruo era ella.”

Rosa Montero publicó en 2015 “El peso del corazón” una novela en la que nos reencontramos con Bruna Husky, la peculiar detective privado que creó en Lágrimas en la lluvia, aunque no es necesario haber leído ésta para iniciar “El peso del corazón”. Ambas historias pueden ser leídas de manera independiente.


Sesión del Club (Grupo A): Muero por dentro

“Hay verdaderas fuerzas invisibles, pero no habría tantas como creemos, ni nos gobernarían tan severamente si no las admitiéramos en nuestras almas. No seríamos atacados con tanta frecuencia por diablos, si no nos hubiéramos tomado la molestia de inventar a tantos de ellos.”

David Selig nació con la capacidad de leer el pensamiento. No puede transmitir los suyos, porque para que los demás los recibieran deberían tener su misma capacidad. Su habilidad ha hecho de él un desgraciado, un paria, un marginado, pues saber lo que la gente piensa no le ha servido más que para frustrarse, para deprimirse, para aislarse de sus congéneres, a quienes considera esencialmente mentirosos y falsos.

Hijo único de una típica pareja judía neoyorquina, este don increíble moldeó su mal carácter desde pequeño, así que por indicación del terapeuta que le trataba, sus padres intentaron tener un hermanito, pero tras varios intentos que terminaron en aborto espontáneo (su madre ya rondaba los 40), sus progenitores adoptaron a una niña cuando él contaba unos 10 de edad. Por supuesto el nuevo miembro de la familia no sirvió de ninguna ayuda al protagonista.

Su misantropía, su soledad, su abandono continuaron año tras año. Sólo con un par de chicas logró mantener relaciones de cierta entidad, pero las mismas se vieron adulteradas por su capacidad de conocer los pensamientos ajenos. Incluso tras dar por casualidad con otra persona dotada de sus mismas facultades, nada mejoró, pues al contrario que él, este mutante se siente afortunado de poseer ese poder y ha logrado emplearlo para que su vida sea más fácil, aunque a David sus estrategias le parezcan faltas de escrúpulos y su amistad débil e interesada.

Cuando conocemos al protagonista son mediados de los años 70 y malvive redactando trabajos de literatura para estudiantes universitarios mediocres. Su hermana intenta rehacer su relación con él, marcada por el odio mutuo desde siempre, y a David se le hace cada vez más difícil afrontar su existencia porque está perdiendo su extraordinaria habilidad a pasos agigantados, y aunque nunca le haya hecho feliz, esa es la única realidad que conoce.

El conflicto que se desarrolla no puede ser más típicamente humano: la pérdida de sus asombrosos poderes, a los que considera culpables de todas sus desgracias, lejos de alegrarle, le hacen aún más infeliz porque va directo a una situación desconocida a la cual no le quedará más remedio que adaptarse.

Silverberg completó esta novela en nueve semanas, que fue un ritmo lento para él durante sus años más jóvenes. Afirma que en esa época escribía normalmente una novela en tres o cuatro semanas, y su libro (de 1967) “Thorns” fue terminado en diez días (y fue nominado para un Hugo y un Nebula). “Muero por dentro” marcó un punto de inflexión para Silverberg, y el ritmo de trabajo que parecía lento para el novelista dio el tono para sus futuros proyectos. “Nunca más, después de escribir Muero por dentro”, admitió, “escribí una novela completa en tan sólo nueve semanas. Aquello era una extravagante habilidad”.

La novela fue finalista a los premios Hugo, Nebula y Locus (tercera posición), perdiendo todos ellos ante “Los propios dioses” de Isaac Asimov.

Robert Silverberg (1935-)

Nació en Nueva York el 15 de enero de 1935. Hijo único de Helen y Michael Silverberg, tenía un carácter más bien introspectivo y la lectura fue una de sus grandes aficiones desde pequeño. Estudió Literatura Comparada en Columbia, obteniendo el título en 1956. Ese mismo año contrajo matrimonio con Barbara Brown. En 1972 se trasladan a la Costa Oeste, a San Francisco, y en 1976 el matrimonio se separa. En 1986 se divorcian y en 1987 Silverberg contrae nuevo matrimonio con la también escritora Karen Haber, con quien había colaborado en diversos proyectos.

Silverberg es un autor prolífico y muy galardonado. Entre sus premios figuran cinco Hugos (y 28 nominaciones), cinco Nebulas (y 22 nominaciones), siete Locus (y 148 nominaciones) y el Damon Knight Gran Maestro de 2004, aparte de otros muchos premios. Además es el único autor que ha conseguido alguno de los grandes premios durante seis décadas seguidas, hecho del cual se siente justificadamente orgulloso.

Lector voraz y admirador de H.G. Wells, Heinlein o Stapledon, uno de sus tesoros más preciados es un ejemplar de Astounding de 1950 firmado por Fritz Leiber y John Campbell.

Muy joven, a los 14 años, editó su primera revista y escribió, con escaso éxito, sus primeros relatos. En 1954 vendió su primer relato de ciencia ficción, Planeta Gorgona, a la revista británica Nebula. Hasta 1959 escribió una enorme cantidad de relatos (más de doscientos) y once novelas, alguna en colaboración con Garrett (con el pseudónimo conjunto de Robert Randall). Su prioridad en aquel momento era ganar dinero, por lo que él mismo reconoce que la calidad de su producción bajó mucho. Escribió un millón de palabras por año, aunque se limitaba a producir aquello que las revistas le pedían, casi siempre space-opera, a veces bajo pseudónimo. Pero ese año, en parte decepcionado por el bajo nivel del género -que él mismo había contribuido a rebajar con su producción masiva por encargo- y en parte porque desde 1958 las revistas sufrieron una crisis generalizada que condujo al cierre a muchas de ellas y a una selección más estricta de los contenidos a las supervivientes, abandona la ciencia ficción y se dedica a escribir obras de otros géneros (western, erótica, misterio, divulgación para un público juvenil), aunque sigue participando como fan en diferentes convenciones. De esta época tiene una amplia producción con más de cincuenta pseudónimos.

En 1965 Frederik Pohl se convierte en editor de Galaxy y consigue convencer a Silverberg de que puede escribir ciencia ficción de calidad. Silverberg comienza a publicar cuentos como Para ver al hombre invisible, Moscas (ambos recogidos en la antología Visiones peligrosas de Harlan Ellison), Caliban, etc. A finales de esta década pertenecen algunas de sus mejores novelas, como Alas nocturnas, El libro de los cráneos o Regreso a Belzagor. Es el mejor Silverberg: introspectivo, personajes profundos, con la soledad y la búsqueda de redención como motores; en sus obras analiza los contactos de humanos con extraterrestres y retrata perfectamente a los alienígenas mismos, quizá buscando en ellos una alternativa real a las dudas de la existencia humanas. Es también el más galardonado: de esta época son la mayor parte de sus numerosos premios. En 1970 fue el invitado de honor de la Convención Mundial de Fantasía y Ciencia-ficción.

En 1980 publicará El castillo de lord Valentine, primera de las novelas situadas en Majipur. A partir de este momento, apenas escribirá relatos, y sus obras serán relatos largos o novelas (la saga de Majipur. Gilgamesh el rey), quizá más relacionados con la fantasía que con la cifi estricta, y con unos personajes menos elaborados.

Fue nombrado Gran Maestro de la ciencia ficción en 2004.


Sesión del Club (Grupo B): Tintín, Objetivo la Luna-Aterrizaje en la Luna

“Es … es … ¿cómo describirlo? … Un paisaje de pesadilla, de muerte, de espantosa desolación … Ni un árbol, ni una flor, ni una brizna de hierba … Ni un pájaro, ni un ruido, ni una nube … En el cielo, negro como la tinta, brillan millones de estrellas … pero inmóviles, heladas, sin ese parpadeo que, desde la Tierra, las hace tan vivas …”

Tintín: Aterrizaje en la Luna

That’s one small step for [a] man, one giant leap for mankind.”

“Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”

Neil Armstrong. Primeras palabras al pisar la Luna, misión Apolo XI, 20-Julio-1969

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