Sessió del Club (Grup B): La pell freda

P: Se te ha comparado con Lovecraft, Verne, Stevenson o Conrad ¿Reconoces la influencia en tus novelas de alguno de ellos?
R- La verdad es que tan solo me quedo con Conrad. Respecto a los otros autores que citas, creo que habría que hablar más de coincidencias que de influencias. Otros autores que me han influido mucho, muchísimo —al menos en las temáticas— son Buzzati y Coetzee. Pero mi tríada de favoritos son Henry Miller, Lévi-Strauss y Ernst Jünger. ¿Te los imaginas encerrados en una habitación sin ventanas? Seguro que acababan a tortas …
Albert Sanchez Piñol, entrevistat a literaturas.com
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Sesión del Club (Grupo A): El último hombre

“¡Paciencia, oh, lector! Seas quien seas, mores donde mores, ya seas de raza espiritual o hayas surgido de una pareja superviviente, tu naturaleza será humana y tendrás por morada la tierra. Aquí vas a leer los hechos de una raza extinta, y te preguntarás con asombro si ellos, los que sufrieron lo que tú hallas escrito, eran de la misma carne frágil y el mismo cuerpo blando que tú.”

Se trata de una de las primeras novelas de ciencia ficción, “El último hombre” de Mary Shelley, pues fue publicado originalmente en 1826. A priori lo tiene todo para convertirse en un clásico, o, por lo menos, para gozar de la misma fama que “Frankenstein”: una autora de prestigio, un estilo literario cuidado, personajes potentes, algunos avances tecnológicos interesantes, una hábil proyección política desde su época y un tema, la destrucción de la humanidad, que puede dar mucho juego. Lo tiene todo para triunfar. Y de hecho lo hizo, no de forma abrumadora, es cierto, pero si fue un discreto éxito cuando salió a la luz.

Algunas interpretaciones recientes han visto en la extinción universal que en ella describe una metáfora de los efectos destructores de un idealismo político excesivo. Obra de vocación futurista, ambientada en torno al año 2070, destacan entre sus personajes Adrian, hijo del destronado rey de Inglaterra y ardiente partidario de las ideas republicanas e igualitarias, y Raymond, un señor poderoso que rechaza un ventajoso matrimonio político para casarse con su verdadero amor y que combate en Constantinopla por la libertad de un pueblo que no es el suyo. En esas circunstancias, se tiene conocimiento de una misteriosa epidemia que avanza arrasando países enteros y que pone en peligro la supervivencia misma de la humanidad.

“El último hombre” es un clásico imprescindible que ofrece múltiples lecturas: novela de anticipación y de profecías apocalípticas, novela en clave, novela de iniciación y relato de terror gótico. La novela también se considera como una crítica / reacción contra el movimiento literario del romanticismo, aunque los ideales y las pasiones de los personajes no les ahorra su condenación inminente.

En este curioso 2070 imaginado por Mary Shelley: los barcos se siguen moviendo a vapor, existen globos que permiten hacer el viaje entre Londres y Escocia en apenas un día o dos (depende del viento). Inglaterra es una república, pero sigue existiendo una división social cercana al Antiguo Régimen. En el continente sigue primando el absolutismo, y griegos y turcos continúan luchando encarnizadamente desde los tiempos de Byron. Por cierto, la caballería y la infantería de línea siguen siendo las armas dominantes.

Para dar el salto a esa época, Shelley usa una artimaña que sería muy común en la ficción especulativa temprana: un narrador actual que oye la historia de segunda mano a través de algún medio inusual. En el caso de Shelley, describe una visita a Nápoles y el descubrimiento de la Cueva de la Sibila, que contiene antiguas profecías escritas. Shelley y su compañero se llevan los documentos a casa para traducirlos, y encuentran en ellos la historia de Lionel Verney, el último hombre en la tierra.

Pero si su capacidad prospectiva ha caducado, por lo menos quedan otros valores más literarios, lo que no evita la sensación de que Mary Shelley tuvo que sacrificar parte de su brillantez literaria en aras de la comercialidad: una cosa es escribir sobre un monstruo que cobra vida para asombrar a las amistades y otra llegar a un público masivo.

No es hacer un spoiler si señalamos que la historia termina con un sólo hombre en la tierra, un superviviente solitario que recuerda la historia y la caída de sus amigos y de toda la humanidad. Shelley hace un sentido elogio para todos ellos, que muy bien podría haber sido escrito por su difunto esposo.

Mary Wollstonecraft Shelley (1797-1851)

“El ser humano que quiere alcanzar la perfección debe mantener la serenidad y la calma, sin permitir que una pasión o un deseo circunstancial se entrometa en su espíritu”

Escritora inglesa, nacida en Londres el 30 de agosto de 1797 y fallecida en su ciudad natal en 1851. La narrativa de Mary Shelley refleja a la perfección los gustos y las inquietudes del Romanticismo: lucha entre la ciencia y el espíritu, interés por los personajes atormentados, dudas sobre el sentido de la vida, misterio, pasiones, sentimientos, etc.

Era hija del filósofo y economista William Godwin, un brillante intelectual que se había significado por su ideología librepensadora. Su madre era también una intelectual muy liberal, la escritora Mary Wollstonecraft, una de las primeras defensoras del feminismo en la cultura inglesa. Murió a los once días de haber dado a luz a la futura escritora. La pequeña Mary creció al lado de dos compañeras inseparables a lo largo de su infancia y adolescencia. Una de ellas era su hermana mayor Fanny Imlay, una niña que había tenido Mary Wollstonecraft cuando todavía estaba soltera. La otra compañera de ambas era la joven Jane o Clara, hija de Mary Jane Clairmont, una viuda con la que se había casado Godwin tras la muerte de su primera esposa.

Las tres niñas (Fanny, Mary y Clara) crecieron en un ambiente de cultura y libertad poco frecuente entre las mujeres de su tiempo. Su padre y tutor se encargó de que recibieran una espléndida educación, lo que pronto les permitió relacionarse con los principales artistas, escritores e intelectuales del panorama cultural londinense de comienzos del siglo XIX. Fue así como Mary conoció, en 1814, a otro de los geniales poetas del Romanticismo inglés, Percy Bysshe Shelley. A pesar de que éste estaba casado, ambos se enamoraron y, a los dos meses de haberse conocido, se fugaron de Londres. Clara, que seguía muy unida a Mary, se fugó con ellos. La tercera de aquel grupo, Fanny, se quedó en Londres, donde poco tiempo después se quitó la vida envenenándose con láudano, en un acto muy característico del espíritu romántico. En 1816 se suicidó también Harriet Westbrook, la esposa de Percy Bysshe Shelley. Éste, tan pronto como se supo viudo, se casó con Mary, por lo que acabó pasando a la posteridad con el nombre de Mary Shelley.

Percy, Mary y Clara vivían en Suiza, a orillas de un bello lago. Allí se reunió con ellos el gran poeta George Gordon, más conocido por su título de Lord Byron, que había abandonado Londres después de haberse visto envuelto en un escándalo amoroso. Clara y Lord Byron se enamoraron, y fruto de aquella apasionada relación a orillas del lago Lemán fue una niña llamada Allegra.

La estancia de los cuatro en aquel tranquilo paraje suizo fue también muy fructífera para la historia de la Literatura. Una noche de tormenta, Byron propuso que todos los que allí se hallaban escribiesen un cuento de terror. La joven Mary Shelley se tomó el juego en serio y escribió una de las obras maestras de la literatura de terror: “Frankenstein o El moderno Prometeo” (1818), cuya influencia en el género se ha dejado sentir en las tradiciones narrativas de todo el mundo. De aquella noche de tormenta en la que Byron propuso escribir relatos de terror salió otra obra decisiva para el género de terror: “El vampiro”, cuento escrito por John William Polidori, médico y ayudante de Byron. Este relato sentó las bases de la historia que luego habría de hacer célebre Bram Stoker bajo el título de “Drácula” (1897).

Convertida en una autora famosa gracias a Frankenstein, Mary Shelley continuó escribiendo novelas, aunque no logró alcanzar con ellas el éxito obtenido por su primera obra: “Valperga”, novela gótica (de miedo y misterio) castillos, fantasmas, ruidos extraños, sótanos misteriosos, etc.; “El último hombre”, novela fantástica que plantea una epidemia de peste que ha acabado prácticamente con el ser humano, ya que sólo ha dejado un hombre con vida; “Mathilda”, novela escrita en 1819, aunque no fue publicada hasta 1859, ocho años después de que la escritora hubiera desaparecido; y “The fortunes of Perkin Warbeck” y “Falkner”, dos novelas históricas. También escribió numerosos artículos periodísticos, ensayos y biografías por encargo, y se ocupó de editar la obra poética de su esposo. Además, fue autora de algunos cuentos o narraciones breves como el relato infantil “Mauricio o la cabaña del pescador”, el cuento fantástico “Transformación” y “El mortal inmortal”.

A pesar de la prematura desaparición de su esposo (ocurrida en 1822, cuando sólo llevaban ocho años juntos), Mary y Percy recorrieron muchos países de Europa: Francia, Suiza, Italia, Alemania, Holanda… A la muerte del poeta, la autora regresó a Londres, a la casa de su padre. Dedicada de lleno a sus escritos y al cuidado de su casa y familia, Mary Shelley no volvió a casarse.

Falleció en Londres, mientras dormía, el 1 de febrero de 1851.


Sesión del Club (Grupo B): Crónicas marcianas

Unas de las características más aclamadas de Crónicas marcianas es precisamente la capacidad de Bradbury para hacer poesía con la ciencia ficción:

“Los ojos y la mente de Spender poblaron las calles. Unas siluetas se movían como vapores azules por las avenidas empedradas y había débiles murmullos, y unos extraños animales se escurrían por las arenas de color gris rojizo. Alguien saludaba desde las ventanas (moviendo lentamente la mano como si estuviese sumergido en un agua intemporal), a unas sombras que se arrastraban en el espacio bajo las torres plateadas por las lunas. Una música sonaba en algún oído interior, y Spender imaginó las formas de los instrumentos que evocaban esa música. Era un país encantado.”
(Aunque siga brillando la luna)

Bradbury está alejado del frío cientifismo de autores como Asimov, que consideraba el conjunto de relatos como una especie de pastoral marciana. Para Isaac Asimov, Crónicas marcianas es, en esencia, “una fiesta de inocencia aldeana y nostalgia en un marco futurista”.


Sesión del Club (Grupo A): El fin de la infancia

“Comparada con las épocas anteriores, ésta era la edad de la utopía. La ignorancia, la enfermedad, la pobreza y el temor habían desaparecido virtualmente. El recuerdo de la guerra se perdía en el pasado como una pesadilla que se desvanece con el alba. Pronto ningún hombre viviente habría podido conocerlo.”

Durante la Segunda Guerra Mundial, Clarke vio globos de barrera que flotaban por encima de Londres, parecían OVNIs sobrevolando y protegiendo el área metropolitana de los ataques aéreos nazis. La visión le hizo “desterrar todos los pensamientos del presente peligro” e imaginar el futuro. Al convertir la historia de invasión alienígena clásica en su cabeza, Clarke primero escribió sobre el futuro (soñado en 1950) en un cuento llamado “Ángel Guardián”. La idea de Clarke para el libro se expandió en novela en 1952, incorporando la primera parte del libro, “La Tierra y los superseñores”.

Completado y publicado en 1953, “El fin de la infancia” vendió su primera edición, recibiendo buenas críticas, y convirtiéndose en el primer libro famoso de Clarke. La novela no ganó un premio Hugo (no hubo premios ese año), pero fue nominada para un premio Hugo retro ofrecido en 2004. A pesar de que no ganó, se la considera ampliamente como una de las mejores novelas de Clarke.

Los extraterrestres llegan inadvertidamente y manteniendo sus naves colgadas en la atmósfera terrestre dicen que la Tierra está bajo una nueva dirección: la suya. Pero no destruyen nada: ni edificios famosos, ni bases militares, ni siquiera un puente. En su lugar, promueven la paz mundial, el crecimiento tecnológico, e imponen sólo unas pocas normas paternalistas sobre el mundo. ¿Pero por qué? ¿Estos extraterrestres han viajado a través del universo sólo para jugar a hermanitas de la caridad intergalácticas … o tienen motivos ulteriores?

Durante un tiempo no se dejan ver, y aquí Clarke sorprende ya que encajan perfectamente en la descripción de los demonios del mito: “No había error posible. Las alas correosas, los cuernos, la cola peluda: todo estaba allí. La más terrible de las leyendas había vuelto a la vida desde un desconocido pasado”. Sin embargo, no son criaturas sobrenaturales; su existencia puede ser explicada por procesos completamente naturales, como la evolución.

Los Superseñores alienígenas se refieren a sí mismos como “guardianes” y “parteras”, metáforas para explicar su relación con la humanidad. Sin embargo la que no usan, y quizá sea más adecuada es “padres”. Como “hijos” de los Superseñores, los seres humanos tienen que decidir el camino que quieren tomar hacia la edad adulta. Los Superseñores dicen a la humanidad donde pueden y no pueden ir (el espacio es un gran no-no), qué reglas deben seguir (Estado Mundial o les intervienen), cómo usar su tecnología (las armas nucleares no son juguetes), y a qué hora hay que irse a la cama (bueno, ésta tal vez no …). Suena como los padres hablando a sus hijos adolescentes , ¿verdad?

Así, más que infancia podemos verla como “El Fin de la Adolescencia”, ya que los problemas a los que se enfrenta la raza humana son más parecidos a los que tienen que enfrentarse los adolescentes navegando en el proceso de convertirse en adultos.

Clarke juega un poco en esta novela con el género de la distopia. La mayoría de los futuros distópicos son obviamente lugares horribles para vivir, los pobres son pobres, un grupo selecto controla a todos los demás y las libertades son una memoria perdida hace mucho tiempo. En “El fin de la infancia”, no todo es tan obviamente distópico. De hecho, a primera vista, todo lo que pasa es benéfico. Todo el mundo tiene sus necesidades satisfechas, no hay guerras, y la gente hace turismo en coches voladores. Pero, aunque sólo es notado por unos pocos, el aburrimiento se extiende por toda la sociedad y conduce al estancamiento del arte y la cultura humana. La novela sugiere que el fin del hambre, de la enfermedad y del crimen violento no es algo para desdeñar, pero estas circunstancias ocupan algún escalón necesario para animar a otras partes críticas de la existencia humana.

Por lo tanto, la novela está pintada de utopía en la superficie, pero hay un núcleo distópico en el corazón de la misma.

Clarke es parte de un grupo de autores -incluyendo a Robert Heinlein, Isaac Asimov y otros- a quienes se atribuye básicamente inventar el género de la ciencia-ficción tal como lo conocemos. Pero lo que realmente la acredita en el género es la forma en que la ciencia y la filosofía se tejen en la historia. Los aparatos avanzados a bordo de la nave de Karellen pueden verse como juguetes científicos ingeniosos para usarlos en el relato. Sin embargo es lo que representan esos gadgets lo que hace que esta historia sea de ciencia ficción. Por ejemplo, la tecnología de Karellen y la mera existencia de una especie alienígena pone tensión en las creencias sostenidas por la gente religiosa, y “en pocos días, todos los multitudinarios mesías de la humanidad habían perdido su divinidad”. No es la simple adición de la ciencia a la historia lo que la cualifica como ciencia-ficción, sino la exploración de las implicaciones que esta ciencia trae a la Tierra con ella.

Finalmente, es una historia sobre alcanzar la edad adulta. Sin embargo, en lugar de ser un cuento de llegar a la mayoría de edad una sola persona, como suele ser el caso, es toda la raza humana la que crece. Claramente, algunas personas se contentan con vivir bajo los pulgares dobles extraterrestres, pero otros, como Jan y George, necesitan algo más. Como un niño tratando de encontrar su propio camino, pese a sus padres dominantes, esta novela presenta a la humanidad  tratando de trascender más allá de la interferencia de los Superseñores.

Al final, la humanidad crece y evoluciona fuera de su estado de infancia. Si eso es algo bueno o malo …

Arthur Charles Clarke (1917-2008)

Arthur Charles Clarke nació el 16 de diciembre de 1917, en la ciudad costera de Minehead, en el suroeste de Inglaterra. Fue el mayor de cuatro hijos nacidos en una familia de agricultores, Clarke se fascinó con la ciencia y la astronomía a una edad temprana, escaneando las estrellas con un telescopio casero y llenando su cabeza con cuentos de ciencia ficción de revistas como Astounding Stories. Después de que su padre falleciera repentinamente, las dificultades financieras que su familia soportó impidieron que Clarke asistiera a la universidad a pesar de su mente brillante e inquisitiva. Después de graduarse de la escuela secundaria en la cercana Taunton, Clarke salió de su casa para encontrar trabajo en 1936.

Al llegar a Londres, Clarke encuentra trabajo como burócrata del gobierno. Sin embargo, no había perdido su fascinación por las estrellas, y pronto se convirtió en miembro de la British Interplanetary Society, que defendía la idea de los viajes espaciales mucho antes de que se considerara plausible. Clarke contribuyó con sus artículos al boletín de noticias del grupo y también comenzó sus primeras incursiones en la ciencia ficción.

Aunque estos primeros esfuerzos fueron interrumpidos con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, el servicio de Clarke durante el conflicto le daría la oportunidad de satisfacer su aptitud tecnológica. Desde 1941 hasta el final de la guerra, fue técnico de la RAF y uno de los primeros en utilizar la información del radar para guiar los aterrizajes de los aviones en condiciones climáticas desfavorables. Sus experiencias en tiempo de guerra resultarían fundamentales en dos de los primeros trabajos de Clarke como escritor. En 1945, la revista Wireless World publicó su artículo “Extra-Terrestrial Relays”, en el que Clarke teorizó sobre cómo un sistema de satélites geoestacionarios podría ser utilizado para transmitir señales de radio y televisión a todo el mundo. Ésta fue sólo la primera de muchas realidades tecnológicas que Clarke prediría durante su prolífica carrera. Al año siguiente su cuento “Rescue Party” adornó las páginas de Astounding Science Fiction, su primera obra de ciencia ficción había sido publicada.

Al regresar de la guerra, Clarke tuvo oportunidad de continuar su educación superior después de recibir una beca para asistir al King’s College en Londres. Durante este tiempo, también volvió a conectar con la Sociedad Interplanetaria Británica (que presidiría durante varios años) y continuó con sus esfuerzos literarios. Se graduó en 1948 con honores en matemáticas y física y rápidamente empezó a ganar reputación tanto como científico como en su faceta de autor. Mientras trabajaba como editor asistente para la revista Science Abstracts, Clarke publicó el libro de no ficción Interplanetary Flight (1950), en el que discutió las posibilidades del viaje espacial. En 1951, se publicó su primera novela larga, “Preludio al espacio”, seguida dos años más tarde por “Contra la caída de la noche” y “El fin de la infancia” (que fue el primer éxito verdadero de Clarke y posteriormente adaptada como serie de televisión en 2015). Ganó su primer Premio Hugo en 1956 por su cuento “La Estrella”.

La escritura de Clarke le ganó la estima como novelista y le trajo la prominencia como pensador revolucionario. Fue consultado frecuentemente por miembros de la comunidad científica, trabajando con científicos estadounidenses para ayudar a diseñar naves espaciales y ayudar en el desarrollo de satélites para aplicaciones meteorológicas. Además de todas sus actividades sobre el espacio, a mediados de la década de 1950 Clarke comenzó a desarrollar un interés por los mundos submarinos. En 1956, se trasladó a Sri Lanka, estableciéndose primero en la ciudad costera de Unawatuna y más tarde mudándose a Colombo. Clarke vivió en Sri Lanka el resto de su vida y se convirtió en un hábil buceador, fotografiando arrecifes regionales e incluso descubriendo las ruinas submarinas de un antiguo templo. Documentó sus experiencias de buceo en obras como The Coast of Coral (1956) y The Reefs of Taprobane (1957). También utilizó su experiencia para iniciar el negocio de turismo Underwater Safaris.

El destino de Clarke, sin embargo, estaba todavía muy ligado al espacio. Después de ser golpeado con la polio, que limitó su movilidad, volvió su atención de nuevo a las estrellas. Durante los años 60, Clarke vio realizados algunos de sus proyectos más importantes. En 1962 publicó Profiles of the Future, en el que hizo predicciones sobre invenciones hasta el año 2100, y en 1963 el Instituto Franklin le otorgó su premio Ballantine por sus contribuciones a la tecnología satelital. Ese honor fue ampliado el año siguiente cuando el satélite Syncom 3 transmitió los Juegos Olímpicos de Verano desde Tokyo a los Estados Unidos.

La creciente reputación de Clarke como experto en todos los temas del espacio le llevó a la colaboración por la que quizás haya sido más reconocido. En 1964, con el director Stanley Kubrick, Clarke empezó a trabajar en una adaptación cinematográfica de su cuento de 1951 “El centinela”. Se convertiría en el clásico de Kubrick dirigido en 1968 “2001: Una odisea espacial”, ampliamente considerada como una de las mejores películas de la historia. Clarke y Kubrick recibieron una nominación al Oscar por su guión y también colaboraron en el desarrollo de la historia en una novela publicada el mismo año. Clarke, autor y pensador de renombre internacional, continuó su producción prolífica y exitosa durante los años setenta. Su novela de 1973 “Cita con Rama” ganó los premios Nebula y Hugo, una hazaña que repitió varios años después con “Las fuentes del paraíso” (1979). En la década siguiente, Clarke completó las obras autobiográficas Ascent to Orbit (1984) y Astounding Days (1989).

Clarke siguió más adelante con las secuelas literarias “2010: Odisea dos” (publicada en 1982 y adaptada en una película de 1984), “2061: Odisea tres” (1987) y “3001: La odisea final” (1997). A finales de los años sesenta, Clarke pudo participar en una odisea espacial de la vida real cuando fue elegido para unirse a Walter Cronkite como comentarista de la cobertura de CBS del aterrizaje lunar de Apolo 11. Volvió a las ondas para la cobertura de las misiones Apolo 13 y Apolo 15. Posteriormente mantuvo sus colaboraciones con la televisión.

Hacia el final de la década, las complicaciones relacionadas con la poliomielitis redujeron aún más la movilidad de Clarke, confinándole a una silla de ruedas. Continuó escribiendo obras de ficción y no ficción y obtuvo varios reconocimiento por toda su vida de contribuciones. En 1983, se creó la Fundación Arthur C. Clarke para promover el uso de la tecnología, cuyo objetivo era mejorar la calidad de vida, particularmente en los países en desarrollo, a través de becas y premios educativos; en 1986, se estableció el Premio Arthur C. Clarke a la excelencia en la ciencia ficción británica. Clarke también ocupó cátedras en la Universidad de Moratuwa en Sri Lanka de 1979 a 2002 y en la Universidad Internacional del Espacio de 1989 a 2004.

Hasta la vieja Ceilán le persiguieron los prejuicios y se difundió el rumor de que vivía allí entregado a la pederastia, acusación que luego fue desmentida por la autoridades del país. Ese infundio le costó, según explicó uno de sus principales colaboradores, el escritor Stephen Baxter, que se discutiera la conveniencia de otorgarle el título de sir. Cosa que al final hizo personalmente el príncipe Carlos. Cuando se le preguntó si era gay, respondió con coquetería: “No, merely cheerful (No, simplemente alegre)”. En la última década de su vida Arthur C. Clarke fue nombrado caballero por el alto comisionado británico en Sri Lanka; se le concedió el mayor honor civil de ese país, el Sri Lankabhimanya y vio la fundación del Instituto Arthur C. Clarke para la Educación Espacial.

Murió de insuficiencia respiratoria el 19 de marzo de 2008, a la edad de 90 años. Había escrito casi 100 libros, junto con innumerables ensayos y cuentos, e hizo contribuciones inconmensurables al campo de la exploración espacial y la ciencia. En honor a su trabajo, la Unión Astronómica Internacional nombró la distancia de aproximadamente 36.000 kilómetros sobre el ecuador de la Tierra, la órbita de Clarke, y el asteroide No. 4923 recibió la designación de “Clarke”.


Sesión del Club (Grupo B): Lágrimas en la lluvia

“Los humanos la miraban y temblaban. La miraban y susurraban. La miraban y la odiaban. Había un monstruo reflejado en los ojos de esos hombres y esas mujeres, y el monstruo era ella.”

Rosa Montero publicó en 2015 “El peso del corazón” una novela en la que nos reencontramos con Bruna Husky, la peculiar detective privado que creó en Lágrimas en la lluvia, aunque no es necesario haber leído ésta para iniciar “El peso del corazón”. Ambas historias pueden ser leídas de manera independiente.


Sesión del Club (Grupo A): Muero por dentro

“Hay verdaderas fuerzas invisibles, pero no habría tantas como creemos, ni nos gobernarían tan severamente si no las admitiéramos en nuestras almas. No seríamos atacados con tanta frecuencia por diablos, si no nos hubiéramos tomado la molestia de inventar a tantos de ellos.”

David Selig nació con la capacidad de leer el pensamiento. No puede transmitir los suyos, porque para que los demás los recibieran deberían tener su misma capacidad. Su habilidad ha hecho de él un desgraciado, un paria, un marginado, pues saber lo que la gente piensa no le ha servido más que para frustrarse, para deprimirse, para aislarse de sus congéneres, a quienes considera esencialmente mentirosos y falsos.

Hijo único de una típica pareja judía neoyorquina, este don increíble moldeó su mal carácter desde pequeño, así que por indicación del terapeuta que le trataba, sus padres intentaron tener un hermanito, pero tras varios intentos que terminaron en aborto espontáneo (su madre ya rondaba los 40), sus progenitores adoptaron a una niña cuando él contaba unos 10 de edad. Por supuesto el nuevo miembro de la familia no sirvió de ninguna ayuda al protagonista.

Su misantropía, su soledad, su abandono continuaron año tras año. Sólo con un par de chicas logró mantener relaciones de cierta entidad, pero las mismas se vieron adulteradas por su capacidad de conocer los pensamientos ajenos. Incluso tras dar por casualidad con otra persona dotada de sus mismas facultades, nada mejoró, pues al contrario que él, este mutante se siente afortunado de poseer ese poder y ha logrado emplearlo para que su vida sea más fácil, aunque a David sus estrategias le parezcan faltas de escrúpulos y su amistad débil e interesada.

Cuando conocemos al protagonista son mediados de los años 70 y malvive redactando trabajos de literatura para estudiantes universitarios mediocres. Su hermana intenta rehacer su relación con él, marcada por el odio mutuo desde siempre, y a David se le hace cada vez más difícil afrontar su existencia porque está perdiendo su extraordinaria habilidad a pasos agigantados, y aunque nunca le haya hecho feliz, esa es la única realidad que conoce.

El conflicto que se desarrolla no puede ser más típicamente humano: la pérdida de sus asombrosos poderes, a los que considera culpables de todas sus desgracias, lejos de alegrarle, le hacen aún más infeliz porque va directo a una situación desconocida a la cual no le quedará más remedio que adaptarse.

Silverberg completó esta novela en nueve semanas, que fue un ritmo lento para él durante sus años más jóvenes. Afirma que en esa época escribía normalmente una novela en tres o cuatro semanas, y su libro (de 1967) “Thorns” fue terminado en diez días (y fue nominado para un Hugo y un Nebula). “Muero por dentro” marcó un punto de inflexión para Silverberg, y el ritmo de trabajo que parecía lento para el novelista dio el tono para sus futuros proyectos. “Nunca más, después de escribir Muero por dentro”, admitió, “escribí una novela completa en tan sólo nueve semanas. Aquello era una extravagante habilidad”.

La novela fue finalista a los premios Hugo, Nebula y Locus (tercera posición), perdiendo todos ellos ante “Los propios dioses” de Isaac Asimov.

Robert Silverberg (1935-)

Nació en Nueva York el 15 de enero de 1935. Hijo único de Helen y Michael Silverberg, tenía un carácter más bien introspectivo y la lectura fue una de sus grandes aficiones desde pequeño. Estudió Literatura Comparada en Columbia, obteniendo el título en 1956. Ese mismo año contrajo matrimonio con Barbara Brown. En 1972 se trasladan a la Costa Oeste, a San Francisco, y en 1976 el matrimonio se separa. En 1986 se divorcian y en 1987 Silverberg contrae nuevo matrimonio con la también escritora Karen Haber, con quien había colaborado en diversos proyectos.

Silverberg es un autor prolífico y muy galardonado. Entre sus premios figuran cinco Hugos (y 28 nominaciones), cinco Nebulas (y 22 nominaciones), siete Locus (y 148 nominaciones) y el Damon Knight Gran Maestro de 2004, aparte de otros muchos premios. Además es el único autor que ha conseguido alguno de los grandes premios durante seis décadas seguidas, hecho del cual se siente justificadamente orgulloso.

Lector voraz y admirador de H.G. Wells, Heinlein o Stapledon, uno de sus tesoros más preciados es un ejemplar de Astounding de 1950 firmado por Fritz Leiber y John Campbell.

Muy joven, a los 14 años, editó su primera revista y escribió, con escaso éxito, sus primeros relatos. En 1954 vendió su primer relato de ciencia ficción, Planeta Gorgona, a la revista británica Nebula. Hasta 1959 escribió una enorme cantidad de relatos (más de doscientos) y once novelas, alguna en colaboración con Garrett (con el pseudónimo conjunto de Robert Randall). Su prioridad en aquel momento era ganar dinero, por lo que él mismo reconoce que la calidad de su producción bajó mucho. Escribió un millón de palabras por año, aunque se limitaba a producir aquello que las revistas le pedían, casi siempre space-opera, a veces bajo pseudónimo. Pero ese año, en parte decepcionado por el bajo nivel del género -que él mismo había contribuido a rebajar con su producción masiva por encargo- y en parte porque desde 1958 las revistas sufrieron una crisis generalizada que condujo al cierre a muchas de ellas y a una selección más estricta de los contenidos a las supervivientes, abandona la ciencia ficción y se dedica a escribir obras de otros géneros (western, erótica, misterio, divulgación para un público juvenil), aunque sigue participando como fan en diferentes convenciones. De esta época tiene una amplia producción con más de cincuenta pseudónimos.

En 1965 Frederik Pohl se convierte en editor de Galaxy y consigue convencer a Silverberg de que puede escribir ciencia ficción de calidad. Silverberg comienza a publicar cuentos como Para ver al hombre invisible, Moscas (ambos recogidos en la antología Visiones peligrosas de Harlan Ellison), Caliban, etc. A finales de esta década pertenecen algunas de sus mejores novelas, como Alas nocturnas, El libro de los cráneos o Regreso a Belzagor. Es el mejor Silverberg: introspectivo, personajes profundos, con la soledad y la búsqueda de redención como motores; en sus obras analiza los contactos de humanos con extraterrestres y retrata perfectamente a los alienígenas mismos, quizá buscando en ellos una alternativa real a las dudas de la existencia humanas. Es también el más galardonado: de esta época son la mayor parte de sus numerosos premios. En 1970 fue el invitado de honor de la Convención Mundial de Fantasía y Ciencia-ficción.

En 1980 publicará El castillo de lord Valentine, primera de las novelas situadas en Majipur. A partir de este momento, apenas escribirá relatos, y sus obras serán relatos largos o novelas (la saga de Majipur. Gilgamesh el rey), quizá más relacionados con la fantasía que con la cifi estricta, y con unos personajes menos elaborados.

Fue nombrado Gran Maestro de la ciencia ficción en 2004.


Sesión del Club (Grupo B): Tintín, Objetivo la Luna-Aterrizaje en la Luna

“Es … es … ¿cómo describirlo? … Un paisaje de pesadilla, de muerte, de espantosa desolación … Ni un árbol, ni una flor, ni una brizna de hierba … Ni un pájaro, ni un ruido, ni una nube … En el cielo, negro como la tinta, brillan millones de estrellas … pero inmóviles, heladas, sin ese parpadeo que, desde la Tierra, las hace tan vivas …”

Tintín: Aterrizaje en la Luna

That’s one small step for [a] man, one giant leap for mankind.”

“Es un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad”

Neil Armstrong. Primeras palabras al pisar la Luna, misión Apolo XI, 20-Julio-1969

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